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Con los New York Dolls la música dejó de ser un juego

Eran capaces de conseguir una buena crítica o de causar una sensación espantosa.  En lo único que ponían de acuerdo a todo el mundo era que no dejaban a nadie con una opinión indiferente.

Llevar esa nota de ser casi inclasificables fue el gran éxito de los New York Dolls. Sus zapatos tacón o plataformas, sus vestidos ajustados, pelo crepado y, en ocasiones, su maquillaje, se alejaban del estilo glam de los Bowie, Roxy Music o T-Rex mientras que su sonido distorsionado, eléctrico que plasmaban las guitarras de Sylvain Sylvain y Johnny Thunders chocaban con los golpes de bajo de Arthur Kane lo llevaban un paso más allá del hard rock a la vez que David Johanssen – físicamente bién parecido a Mick Jagger – ponía la voz y letra en esas canciones y – primero Billy Murcia, luego Jerry Nolan – la batería era el trasfondo intermedio entre el resto de instrumentos.

El primer impacto de nivel causados por los Dolls tuvo lugar en Londres cuando (aún cuándo todavía no habían editado ningún álbum) viajaron a Londres para telonear a  Rod Stewart, una de las grandes estrellas del panorama musical del momento.

Cuando volvieron a los Estados Unidos – sin el tristemente fallecido Billy Murcia, su batería – los Dolls se habían convertido en un fenómeno de primera línea y comenzaban a  escuchar ofertas de discográficas atraídas por el ambiente que a su alrededor estaban generando.

Finalmente el sello Mercury lanzó en 1973 el álbum del grupo bajo su mismo nombre, New York Dolls. Un disco que, escuchado en retrospectiva  y comparado con el segundo trabajo Too Much Too Soon de 1974, era más suave y fino que el agresivo sonido que eran capaces de generar.

Tan intenso fue todo desde el principio como se diluyó la esencia de aquello al final.

El grupo decidió apostar como manager por un, hasta el momento, desconocido inglés llamado Malcolm McLaren, que había aterrizado en Nueva York fascinado por la nueva escena gestada en la ciudad y recopilando ideas de estética y actitud que, poco después, introdujo en los Sex Pistols.

Las extravagantes puestas en el escenario de McLaren  no dieron el resultado esperado, más bién lo contrario. Las discográficas se asustaron cuándo los Dolls aparecieron tocando vestidos de rojo y una bandera con el martillo y la hoz de fondo, demasiado para encontrarse en plena Guerra Fría.

En 1975 la formación original se separó con la idea, para muchos y no para otros, que fueron un eslabón entre una generación (la del rock de los sesenta) y otra (el punk de mediados y finales de setenta). En eso, tampoco dejaron indiferente a nadie.

Fueran dónde fueran, a los Dolls les rodeaba una escena, la gente los estaba esperando

(Bob Gruen en Por favor mátame. La Historia oral del punk).

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