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Y entonces Johnny Thunders decidió reinventar el rock

Con apenas veinte años ya tenía esa fama e idolatría que muchos músicos aún aspiran a tener pasados los treinta. Fue precoz, y toda una figura dentro del rock´n roll tanto para lo bueno como para lo malo.

Para hacerse una ligera idea de quién era, en el ámbito personal,  basta con reseñar el anuncio que en su día enviaron los Sex Pistols a la revista Melody Maker cuándo se encontraban buscando un segundo guitarrista para la banda: “Se busca guitarrista, no mayor de veinte años y que no se vea peor que Johnny Thunders”.

Y es que para John Genzale, su verdadero y a la vez poco artístico nombre, la vida era un non stop constante de alcohol, drogas… o como Leee Childers acertó a calificar: “No era sólo adicto a la heroína. Era adicto a la adicción”.

En la faceta musical, era todo un prodigio de técnica que reinventó la figura del guitarrista, hasta ese momento mera comparsa en las actuaciones dónde las miradas quedaban fijadas en el cantante en la mayoría de los casos, con sus movimientos  exagerados y su mítica mueca, símbolo de rebeldía, más tarde adoptada por su discípulo más aventajado, Sid Vicious.

Era joven, maleducado, con una vida desordenada  y era miembro del grupo del momento, los New York Dolls. Un cócktel explosivo  que atraía la predilección de los fans. Por qué no representaba ningún papel ni fingía ser un personaje. Su actitud era así (de simple o de compleja, según se mire) tanto dentro como fuera del escenario.

En compañía del batería, Jerry Nolan, abandonó los Dolls para, tras reclutar de Television a Richard Hell, crear The Heartbreakers y, casi él solo, regenerar el decadente sonido rock y plasmarlo en el único disco del grupo, L.A.M.F. (1977) con temas como “Get off the phone”, “One track mind”,Born to lose” o la espectacular “Pipeline”, una pieza única para aquellos que adoran las notas de una guitarra eléctrica.

Sin embargo su prolongada drogadicción – esa que nunca pudo superar – fue desgastándole y le esperó para llevárselo en una habitación de Nueva Orleans en 1991 y, con 39 años, llevarse también todas las lecciones e innovaciones que le quedaban por impartir.

Steve Jones en The Filh and The Fury: “Para mí, Thunders era lo máximo. Visto ahora me arrepiento de haberle imitado, por qué yo ya tenía mi propio estilo”.

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